EL GRAN DESAFIO DEL HOMBRE

Tecnología y naturaleza en el tercer milenio


Hoy en día somos pasivos observadores de la “cuasi” llegada del hombre a Marte. Quinientos millones de kilómetros que separan al planeta azul del planeta rojo no han sido obstáculo alguno para ver por televisión, cómo un pequeño robot, el “Sojourner”, rueda por los suelos marcianos fotografiando y analizando todo cuando se le ordena desde la Tierra.
¿Qué lleva al hombre a explorar nuevos mundos? ¿Es sólo su interés por conocer cada vez más el mundo que lo rodea? ¿O será su afán por llegar al límite de su inteligencia, sin importarle que a su paso vaya dejando destrucción?. Como el ser de más inteligencia, que Dios ha creado, parece olvidar que es sólo eso: hombre.

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“El hombre es el agente geomorfológico más efectivo
para destruir los recursos que le sirven de vida y de goce”.
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Cuando privilegia su orgullo sobre el Creador, olvidando que no tiene derecho a destruir su obra: el Universo. El hombre es, sin duda, el agente geomorfológico más efectivo para destruir los recursos que le sirven de vida y de goce, con la adopción de prácticas y tecnologías cada vez más perfeccionadas para incrementar los rendimientos, no hacen otra cosa que romper el equilibrio del ecosistema terrestre que cada día que pasa nos reclama inmediatos cambios de comportamiento para salvar el entorno de la especie humana.
El deterioro de los suelos, la contaminación de las aguas y la distribución irracional de los recursos tienen que ser vistos como consecuencia de un crecimiento amorfo e irresponsable. La historia nos muestra claros ejemplos de cómo el hombre ha afectado terriblemente la naturaleza. Pueblos abandonados, ciudades fantasmas y tierras sin vida, son testimonios de un progreso y desarrollo económico pasajeros.

La Tierra enfrenta grandes amenazas ambientales de manera que se hace imperativo rescatar o diseñar nuevas formas culturales que consigan frenar el accionar destructivo del hombre.
En tanto la tecnología avanza vertiginosamente la brecha con el cuidado de la naturaleza se hace cada vez más grande, y ello produce peligrosos desequilibrios en el ecosistema que serán difíciles de controlar. La destrucción de la capa de ozono, el efecto invernadero, las lluvias ácidas son señales dramáticas que hacen que el fin sea más que una posibilidad, pero aún estamos a tiempo de salvar nuestra valiosa diversidad cultural y biológica.
Fue a inicios del siglo XIX, que el hombre estuvo en condiciones de dominar su medio ambiente, y con ello se comportó como si la naturaleza que lo rodeaba fuese inagotable.
El arado mecánico deterioró los suelos, el motor a combustión motivó la siembra de concreto, de cemento, las armas de fuego condujeron al aniquilamiento de búfalos y rinocerontes…. y la lista continúa.
El avance del conocimiento y el espíritu de búsqueda le han permitido al hombre crear la tecnología informática que hizo posible una profunda revolución en las telecomunicaciones y automatización de fábricas y oficinas. Esta tecnología que nos permite ver desde nuestros hogares un partido de futbol, un vuelo sideral de astronautas o un paisaje marciano, puede conducirnos a nuestra destrucción como especie si no tenemos en cuenta todos los efectos de su aplicación.

Existen importantes argumentos para defender tanto el “uso racional” de la tecnología, como atacar los excesos que su aplicación implica. Hoy, se trata de elaborar conceptos que justifiquen la “competitividad económica”. Lo que ayer se llamo economía social de la conservación tiene como nombre hoy el desarrollo sustentable. Algo que no ha cambiado en lo que subyace en ambos casos: el derecho de la humanidad a satisfacer sus necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias.
La humanidad tiene ya un gran desafío que atender. De la atención que le preste a su entorno, tanto social como natural, dependerá su bienestar o infortunio. Aunque el hombre parece estar consciente que los problemas ambientales son inseparables de su bienestar, no acaba por entender a plenitud que en nada ayuda a ese propósito poner en conflicto los criterios ecológicos y económicos.
Debe quedar claro que el gran desafío del hombre al inicio del tercer milenio pasa por no olvidar que la vida la obtuvo con un soplo. Un soplo de aire no sólo divino, también limpio, transparente y puro; que le permitió vivir sano y en un mundo de abundancia. En la medida que lo recuerde, de seguro reflexionará sobre su accionar de hoy, y sólo así asegurara su sobrevivencia y la de nuestro planeta.